La Jornada
El Cairo, 11 de febrero. De pronto todos se pusieron a cantar. Y a reír, a gritar y orar, arrodillándose en el suelo y besando el sucio pavimento frente a mí, danzando y alabando a Dios por librarlos de Hosni Mubarak –un rapto de generosidad, porque fue más su valor que la intervención divina lo que derrocó al dictador–, y derramando lágrimas que salpicaban sus ropas. Fue como si todo hombre y mujer acabara de contraer matrimonio, como si el júbilo pudiese ahogar las décadas de tiranía, dolor, represión, humillación y sangre. Ésta será conocida para siempre como la revolución egipcia del 25 de enero –el día que comenzó– y será para siempre la historia de un pueblo en pie de lucha....
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